Yo te violo, tú te callas

Fonte: Reporteros de Colombia


Históricamente los grupos al margen de la ley han utilizado el cuerpo de las mujeres como botín de guerra para causar daño a su enemigo. La violencia sexual en el conflicto armado en Colombia ha dejado miles de víctimas, sin embargo, el temor al machismo y a concepciones religiosas, la vergüenza y el desconocimiento frente a que se trata de un delito, no permite que las personas denuncien.

El 3 de agosto de 2003, en algún municipio del norte de Antioquia, los paramilitares protagonizaron otro hecho de barbarie que marcaría la vida de una pequeña de tan sólo 14 años. Ese día, Leidy iba para su casa en zona rural de esa localidad, cuyo nombre se omite por petición de ella.

Era costumbre de Leidy transitar por aquel camino en la montaña que la llevaba de la casa de una amiga a la suya. No había nada distinto en el lugar: los mismos potreros, la cuesta empinada en la montaña y el cielo encapotado, común en esta zona de Antioquia donde el frio se siente con fuerza. Era la 1 y 30 de la tarde y la neblina presente en el lugar sirvió de cómplice.

Allá donde yo vivía era tierra fría y todo estaba nublado. Cuando menos pensé, me encontré con los paramilitares. No me pareció extraño porque siempre se mantenían en la vereda. Yo seguí caminando y cuando iba pasando salieron detrás a cogerme. Salí corriendo pero se me fueron encima y uno de ellos me tiró contra un barranco.
Ahí comenzó la pesadilla para esta niña, quien hoy tiene 20 años, la mirada perdida y el dolor reflejado en su rostro. Leidy estaba acostumbrada a ver a los paramilitares. Acostumbrada también a sus insultos y atropellos.

Ellos llegaban a la casa y nos insultaban. Nos decían tantas cosas groseras que usted no se imagina. Nos empujaban, nos dañaban las cositas de la casa y se nos robaban lo que les llamara la atención: animales, ropa, cualquier cosa…..

Pero ese día fue diferente. Se le fueron encima fieras a su presa. No eran los insultos de siempre que ni ella se atreve a repetir, ni los empujones que antes padeció junto a sus padres en la finca, ni los atropellos que cometían cada vez que se sentían con derecho de llegar a la humilde vivienda.

Yo nunca pensé que me iba a pasar esto. Ellos eran muy agresivos con nosotros pero llegar a eso, no creí.

Recuerda Leidy con la voz entrecortada, atragantada por el dolor y la rabia que aun hoy, un poco más que siete años después, le surge cuando habla del tema, y es de anotar que pocas veces lo hace debido a la vergüenza que siente, como si hubiese sido culpable. Se aprieta las manos, mira de un lado a otro mientras intenta narrar lo que sucedió esa tarde del 3 de agosto de 2003.

Cuando me tiraron al barranco me empezaron a golpear. Me pegaron mucho y muy fuerte. Yo pensé que me iban a matar.

Después me amarraron y me taparon la boca. Yo tenía una sudadera y una chaquetica y me aferraba a ella con toda mi fuerza, pero ellos me arrancaron la ropa. Yo lo único que hacía era llorar y pedirles que no me hicieran nada. Lloraba y lloraba y más me pegaban. Me tapaban tan fuerte la boca con sus manos que no me dejaban casi ni respirar. Me desnudaron y con los fusiles me apuntaban, me amenazaban y me decían que me iban a matar.

Sentada en un sillón en la peluquería donde ahora trabaja, Leidy frota sus manos contra sus piernas mientras saca con esfuerzo cada palabra para narrar la barbarie a la que fue sometida. Ese día Leidy entró a formar parte de la larga lista de víctimas de violencia sexual que ha dejado el conflicto armado en Colombia.

Para ler a matéria completa, clique aqui.

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